ROSARIO (Miguel Décima, enviado especial).- Quien comparte los entrenamientos del plantel de San Martín sabe del esfuerzo que Nicolás Herrera hace para volver a su mejor nivel, luego de las reiteradas lesiones que lo tuvieron a maltraer. Por esas razones, el desenfrenado festejo del riojano cuando vio que la pelota cruzaba la meta del arco defendido por Miguel Cárdenas, es más que entendible su reacción.

"Ya ni me acuerdo de la última vez que viví un día como este", se sincera el jugador "santo", dueño de la conquista del triunfo en casa de Tiro Federal. "Lo importante es que mi gol sirvió para que pudiéramos conseguir los tres puntos que tanto necesitábamos. Lo bueno también es que este triunfo habla bien de este plantel, que nunca dejó de poner lo mejor de sí, por los hinchas y por nosotros", destaca el delantero y le apunta a la crisis económica que padece el grupo por la falta de pago de sus sueldos.

Como imitando a Soledad, "Nico" revoleó la camiseta como si fuera un poncho. "Juro que no pensé en la amonestación. Me superó el momento. Este grupo sabe que todavía no se logró nada y que aún nos falta un largo camino por recorrer, lo que nos deja satisfechos es que demostramos que estamos en el camino correcto", dijo el jugador, que en el reinicio de las acciones había reemplazado a Pablo Vergara para ocupar la función de enganche.

"Dios me dio la posibilidad de ser el artífice de esta alegría, pero esto no hubiera sido posible sin la ayuda del resto del plantel. Acá la figura es el grupo", repite una y otra vez. El riojano le confió a LA GACETA que cuando Monzón lo mandó a la cancha le pidió que tratara de jugar la pelota contra el piso. "Fuimos más prácticos que en otras ocasiones, por eso nos llevamos lo que vinimos a buscar", explicó Herrera que, si por él hubiera sido, se hubiera abrazado con cada uno de sus compañeros después del 3 a 2.

"Es que pasaron tantas cosas desde la última vez que viví una situación así, que lo único que atiné fue a revolear la camiseta y regalarle ese tanto a mi mujer y a mi hijo, Joaquín, que son mis ojos", terminó diciendo el riojano sin poder disimular una emoción que lo embargaba.